Audiencia 3/ Jornada histórica: “Estoy armando la tesis de mi propia vida”

26-10-2018 | Claudia Verónica Domínguez Castro, nieta recuperada 117, declaró en Tribunales Federales. Su testimonio introdujo a las personas presentes en la profundidad del mundo de interrogantes sobre su identidad: “estoy armando la tesis de mi propia vida”. María Assof y Angelina Caterino, sus abuelas biológicas y referentes de Madres de Plaza de Mayo-Mendoza, declararon a continuación su búsqueda. En medio de una semana lluviosa y fría, este viernes, en Mendoza, salió el sol.

Las declaraciones testimoniales de hoy eran muy esperadas. Familiares, amistades, estudiantes, militantes y periodistas se acercaron a la sala de audiencias de los Tribunales Federales de Mendoza. Se juzga en la Provincia la apropiación ilegal de la hija de Gladys Castro y Walter Domínguez, desaparecidos desde diciembre de 1977. Cuarenta años después, la nieta recuperada dio su testimonio.

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Claudia Domínguez Castro presta declaración ante el Tribunal y las partes

Claudia Domínguez empezó su historia desde el principio, cuando tenía cinco años y su madre y padre de crianza -Antonia Reitano y Julio Bozzo- le dijeron que no era hija biológica del matrimonio. En ese momento se sintió importante al pensar que habían elegido tenerla y cuidarla. Si bien con el correr del tiempo le fueron surgiendo ciertas dudas sobre su origen, no les preguntó sobre esto a Julio ni a Antonia para que no pensaran que quería irse de su lado.

La “realidad de confort” –según sus propias palabras- que creía era un relato que se sostenía y a veces le agregaban algunos otros elementos como cuando supo que un compañero de trabajo de Julio tenía contacto con una mujer embarazada que era viuda y no podía sostener una hija. El matrimonio Bozzo-Reitano aceptó hacerse cargo de la niña y tres meses después llegó Claudia a la casa. Ella supo desde muy chiquita eso y siempre contó en su entorno que “era adoptada” aunque esas no habían sido nunca las palabras de sus padres de crianza.

Escenas de búsqueda

En el último año de su escuela secundaria estudió Historia Argentina pero en su casa no se hilaba muy fino sobre el tema del pasado reciente. Decían que hubo momentos difíciles pero nunca se mencionaron los secuestros o desapariciones de personas. En 1996 empezó a estudiar Ingeniería en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Allí conoció a las primeras personas que le introdujeron la idea de que la realidad sobre su origen podía ser otra.

A estos compañeros la dictadura les tocaba de cerca. Le sembraron la idea de que podía ser hija de personas desaparecidas. Ella elegía no creer esa historia: “no sabía que además de llevarse personas se encargaban de hacernos desaparecer a nosotros también”, enunció en el juicio. Por esos años le preguntó a su papá de crianza, nuevamente, si él sabía quién la había traído. Julio le respondió que no recordaba el nombre de esta persona, que hacía muchos años no lo veía. Este tema nunca lo habló con su mamá de crianza porque temía hacerle daño.

Claudia tenía miedo de buscar, le habían enseñado a alejarse de lo político. En los ‘90 vio la campaña de Abuelas como si estuviera hecha para ella: “si tenés dudas sobre tu identidad y naciste entre tales años…”. Después se empezó a preguntar la relación entre las situaciones turbias en las que estaba involucrado su padrino. Sus primos de crianza le contaban otras historias sobre su llegada en las cuales Segundo Héctor Carabajal estaba involucrado, pero cuando preguntaba la respuesta era “de eso no se habla”.

Nadie sabía bien a qué se dedicaba “Tito” Carabajal. Alrededor de él siempre había estafas, mentiras, deudas. ¿Tendría que ver su llegada a esa familia con esas mentiras? La nieta recuperada no quiso, o no pudo, nombrarlo y se refirió a “él” durante todo su relato.

En 1999 conoció a Miguel López, quien actualmente es su esposo. Él también tenía muchas dudas y la apoyaba con la idea de buscar su origen biológico. Un día, el muchacho charlaba a solas con la abuela de crianza de Claudia y ella le contó “el día que la trajeron Rosa y Tito”, en referencia a la hermana de Antonia y su marido, Segundo Héctor.

El “accionar turbio” de Carabajal metía a todos en problemas. Las peleas y las situaciones tensas hacían que la familia se fuera alejando pero igual “todo el mundo seguía en la farsa para proteger a los hijos”. Fueron muchas las veces que Claudia le preguntó a Julio Bozzo esta historia. Finalmente, él le repreguntó de dónde sacaba eso y quién le estaba llenando la cabeza. Ahí le confesó que Tito la había traído porque ellos no tenían auto y querían presentarla a la familia, pero nada más.

La nieta recuperada contó que con el correr del tiempo le fueron surgiendo otras dudas. Quería saber el motivo de su entrega, si tenía algún hermano o hermana, “¿a quién me parezco?”, se preguntaba. En 2006 tuvo a su primera hija y en los controles médicos previos no tenía respuestas cuando indagaban sus antecedentes clínicos, no los sabía. Notó por primera vez que el tema sobre su origen biológico la trascendía: “no es mío solamente, es mío, de mis hijos…”

Florencia Aramburo, expresa política y madre de su amiga Silvia Defant, la acompañó en ese momento. Le explicó que podía hacerse un análisis de sangre, que era una cuestión simple y mandó un mail. Cuando Claudia reflexionó llamó a esta mujer y le dijo que estaba arrepentida, que se haría ese estudio el día que “ellos” -refiriéndose a su padre y su madre de crianza- no estuvieran.

“La vida familiar me fue entreteniendo -confesó la testigo/víctima- hasta que recibo el llamado en el año 2015”. Una mujer que trabajaba en la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) le habló de las irregularidades de su partida de nacimiento y de las dudas sobre su filiación. Le informó cuáles podían ser los pasos a seguir: le ofreció hacerse un ADN de manera voluntaria o esperar la investigación y orden de la justicia. Aunque ella exteriorizaba resistencia frente a Eugenia, la mujer del otro lado del teléfono, por dentro sabía que allí encontraría la respuesta. Apenas cortó el teléfono pensó que tenía que resolver el tema.

Lo primero que hizo fue hablar con sus padres de crianza que le preguntaron si alguien la estaba persiguiendo o haciendo daño. Sin embargo, le dijeron que se hiciera el análisis de sangre. Esa conversación le dio la pauta a ella de que era un tema a resolver de manera personal y no familiar. Llamó a su prima Silvana y a su tía Norma. Ambas le confesaron: “nadie nos dijo nada pero quien te trajo era él. Tendrías que hacerte el ADN”. Se volvió a comunicar con la mujer de CONADI y decidió no hablar con Julio y Antonia “hasta que el ADN diera negativo”.

El 16 de julio de 2015 le tomaron la muestra de sangre en la sede del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) de Mendoza. Allí le bajaron las expectativas, le explicaron que era poco probable que diera positivo y le dijeron que esperara de 30 a 60 días.

Al mes siguiente, Claudia, su hijo y su hija acompañaron a Miguel a Esquel, quien debía viajar por cuestiones laborales. El 27 de agosto cruzaron a Chile para pasear, razón por la cual mantuvieron los celulares apagados. Cuando volvieron a entrar a Argentina, la mujer tenía muchas llamadas que comenzaban con el código de área 011 y le escribió a Eugenia: “ya tengo señal”. Ella le devolvió el llamado y le dijo: “para alegría nuestra, tu ADN dio positivo”. En este momento del relato, a Claudia se le quebró un poco la voz pero aún así continuó. La mujer le hablaba por teléfono de una tal Estela, de una conferencia de prensa y de muchas cosas que la cabeza de la nieta recuperada no podía retener ni entender en ese momento.

Le dio miedo que sus padres de crianza se enteraran del caso por televisión, Carabajal estaba suelto y ella no sabía qué podía hacer aún. Por esta razón pidió anonimato, para preservarse a ella y a su familia. Al terminar la llamada su marido le preguntó por sus padres. No lo había pensado e inmediatamente le escribió un mensaje a Eugenia. Buscó desesperada en internet quiénes eran Walter Domínguez y Gladys Castro.

A la vuelta del viaje iban escuchando noticias y su hija preguntaba cómo podía aparecer una chica y cosas del estilo. Claudia le dibujaba respuestas que ni ella tenía. Cuatro días después llegó a Mendoza, fue a la casa de sus padres de crianza, intentó entablar una conversación como si no pasara nada e inmediatamente soltó: “¿vieron la noticia de la nieta 117? Soy yo”.

Muchas cosas pasaban por la cabeza de la nieta recuperada pero de algo estaba segura: “hay gente que hace 37 o 38 años me está buscando, no pueden esperar un minuto más”. Inmediatamente, su amiga Silvia la ayudó a conseguir un lugar cerrado y seguro para conocer a sus abuelas.

El rompecabezas se iba armando: la niña había sido ofrecida en diciembre y llevada a la casa en marzo. La mujer embarazada era viuda y había fallecido en el parto. Coincide completamente con las fechas de la historia de Walter Domínguez y Gladys Castro: habían sido secuestrados en diciembre de 1977 y ella cursaba un embarazo de seis meses.

Sin previo aviso, el 5 de septiembre del 2015, Julio y Antonia fueron a la casa de Claudia. El hombre se largó a llorar, le pidió perdón y le dijo que Tito había sido quien la había dado pero no querían decir nada porque él “era peligroso”.

Preguntas finales

El fiscal Dante Vega y la abogada querellante Viviana Beigel indagaron más sobre Carabajal. Claudia contó que siempre supieron que había sido militar aunque después, solamente, lo veían vestido de civil. Sin embargo, seguía asistiendo a reuniones en la Intendencia o festejos en el Casino. Ella trabajó en el Ejército y sabía lo que era estar adentro y afuera del servicio, cómo funcionaban las cosas. No obstante, el trabajo de Carabajal siempre fue “turbio” o raro. A veces tenía vehículos de transporte, iba y venía, y otras veces no tenía nada. En una ocasión se fue al sur con otro tío de Claudia que estaba desocupado y terminaron los dos presos en San Rafael.

Aunque ni sus hijos podían decir de qué trabajaba Carabajal, Claudia remarcó que “robarse a un niño no es algo que pueda hacer cualquier militar”, lo que insinuó al público constantemente la pertenencia del imputado a Inteligencia del Ejército.

Claudia Verónica Domínguez Castro concluyó su declaración respondiendo una pregunta del presidente del Tribunal, Alejandro Piña. Sus compañeros en la UTN fueron Silvia Defant, Martín Brizuela, Julio Pacheco y Vanina Piasiecki. Los padres de Martín y Julio estaban desaparecidos, la madre de Silvia fue presa política y su padre se exilió. Si bien ninguno terminó la carrera, con el paso del tiempo piensan que encontrarse estudiando Ingeniería no fue un “error” sino más bien la alineación de factores que le brindaron a Claudia la posibilidad de conocer su verdadera historia.

Las Abuelas

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Angelina a la izquierda y María a la derecha

María Assof de Domíguez recordó que su hijo Walter hizo la escuela secundaria en el colegio Martín Zapata en turno noche y luego de graduarse de perito mercantil trabajó en el estudio de un contador. Había cursado dos años de la carrera de arquitectura cuando se presentó a cumplir el servicio militar en 1976. En noviembre de ese año se casó con Gladys Castro. Tuvo varios trabajos y al momento de su secuestro era chofer de la línea 30 de colectivos. Gladys trabajaba en una panadería. A las tres de la mañana del 9 de diciembre de 1977, cuatro hombres encapuchados y armados irrumpieron en el hogar del matrimonio conformado por María y Osiris Domínguez. Interrogaron a Domínguez acerca de Osiris y Walter -hijos de la pareja-. María estaba en su dormitorio y no supo lo sucedido hasta la mañana siguiente: “mi marido quedó petrificado hasta la madrugada, tras la inspección total que hicieron de la casa, incluso inutilizando el teléfono para incomunicarnos”. Al día siguiente, el dueño de la casa que Walter alquilaba en Luzuriaga 84 de Godoy Cruz con su compañera Gladys -embarazada de seis meses- le avisó que el domicilio de su hijo había sido violado, revuelto y saqueado. Por los vecinos supo de la participación de la policía en lo que había sido el secuestro de la pareja.

Como era viernes, el lunes presentaron un Habeas Corpus ante la Justicia Federal, “nadie sabía nada, en ningún lado estaban y así pasamos los 40 años”. Su otro hijo, Osiris, que trabajaba de noche, nunca regresó de su trabajo. Creyeron que también se lo habían llevado, por lo que presentaron Habeas Corpus por los tres. Estuvieron dos meses sin saber nada de él. Luego supieron que Osiris había podido esconderse en las afueras de la ciudad. “Tener que andar hechos unos delincuentes sin serlo”, reflexionó María.

Con respecto a la búsqueda del paradero de su hijo y esposa, nunca les contestaron “ni a mí ni a tantos que hubo en Mendoza”. El Juez Guzzo sólo se burlaba. También fueron al Obispado y allí Monseñor Maresma les dijo que “no gastaran pólvora en chimangos”.

Viajaron a Buenos Aires, con su consuegra, fueron a la Iglesia Stella Maris que era de la Marina y el sacerdote, mostrándoles un fichero lleno de cartitas les dijo que “todas estas chicas están embarazadas, pero no se preocupen, porque las tratan bien”. ”Me sentí muy cohibida y humillada, y en ese momento no era como soy ahora, no podía decir nada”.

La búsqueda de Gladys, Walter y el niño por nacer siguió. Siempre pensaron que el bebé sería varón, quizá porque Gladys casi estaba segura de eso, en ese momento no había forma de saberlo antes del nacimiento. Siguieron una pista de un niño entregado a una pareja, pero no tuvieron resultado positivo. María perdió las esperanzas hasta que el 27 de septiembre de 2015 la llamó Estela de Carlotto con la noticia: “encontramos a tu nieta!”. No lo podían creer. Fueron a Buenos Aires a la conferencia de prensa de Abuelas. Volvieron y esperaron que ella quisiera reunirse con la familia. “Era una situación difícil”, reflexionó María, poniéndose en el lugar de su nieta Claudia, quien después de 37 años tomó conocimiento de su familia biológica. Pero no pasó mucho tiempo, una o dos semanas y se conocieron. Casualmente, Claudia había vivido muy cerca, a 20 cuadras, aproximadamente.

Cuando el juez Piña le informó que su testimonio había finalizado, María resumió su sentir: “no puedo creer que haya seres humanos que puedan hacer semejante canallada. Por eso tenemos que seguir luchando, para que esto no ocurra nunca más, nunca más”.

Angelina Caterino y José Fermín Castro tenían seis hijos en 1977. Los tres menores vivían en la casa familiar de calle 25 de mayo en Dorrego. Su hija Gladys se había casado dos años antes con Walter Domínguez y ambos vivían en calle Luzuriaga de Godoy Cruz, de donde fueron secuestrados el 9 de diciembre de ese año. Gladys tenía un embarazo de seis meses. Angelina supo de los secuestros por sus consuegros. Con Walter se conocían del barrio, hubo noviazgo, llevaban casi dos años casados. Ella trabajó en una farmacia, en un negocio de ropa y en una panadería, estudiaba Bellas Artes.

Angelina recordó: “en la facultad secuestraron a un amigo de Walter, había rumores de desapariciones y persecuciones”. Relató que viajaron a Buenos Aires donde se hicieron la extracción de sangre para la constatación de ADN. En 2015, su consuegra le avisó de la llamada de Estela de Carlotto y la noticia de su nieta. No pasó mucho tiempo para que se conocieran con Claudia. Por fin se encontraron en la casa de una amiga, que serviría de lugar neutral para ese momento tan conmocionante.

Entre abrazos y aplausos de la concurrencia, las abuelas no ocultaron su emoción que se trasladó a las personas presentes.

La próxima audiencia tendrá lugar el viernes 9 de noviembre a las 9:30.

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